La sociedad sin GPS

En el 83 los radicales de centroizquierda, en el 88 los peronistas de derecha, en el 99 la alianza de centro, en el 2003 la izquierda kirchnerista y en el 2015 el derechista PRO. La Argentina es una suerte de velero que navega sin rumbo fijo. Tiene sus velas desplegadas con la esperanza de avanzar más rápido, mas si no se sabe adónde se va, no se puede saber si vamos por buen camino o no. Recuerdo a Menem que una vez dijo “no teman, van con Carlos Menem y su estrella”. La sociedad navegó siguiendo esa estrella y así nos hundimos.

Desde el 2003 se había trazado un rumbo, podía gustar o no, pero tenía sentido. A pesar de las discrepancias que tengo con el kirchnerismo y de sus propias contradicciones internas, Argentina iba en un rumbo definido. La evidencia más grande es que salimos del pozo donde estábamos y se conquistaron varios logros sociales.

Me ilusioné que, luego de varios períodos presidenciales, el país siguiera en esa línea, mejorando lo que haya que mejorar, y no se cambiara mucho el rumbo. Analicé eso en otra opinión llamada “La Argentina cíclica” que pueden leer en este mismo blog.

Grande fue mi desilusión cuando un partido centenario y con poder territorial en todo el país le prestó todo su aparato político (que tardó un siglo en construir) a un partido con diez años de trayectoria, ínfima militancia y que en el interior del país nunca hizo pie.

Los líderes radicales, como Alfonsín padre, afirmaron que era preferible perder las elecciones que arreglar con la derecha. Está más que claro que no se supo aprovechar la experiencia enriquecedora de más de un siglo de lucha partidaria radical y terminaron como terminaron. El radicalismo, en una asamblea en el norte del país, no se acordó de la sabiduría de Alfonsín ni de sus mártires. Eso de perder las elecciones antes que unirse a la derecha no se tuvo en cuenta en esa asamblea. El resultado fue que, olvidándose de las luchas políticas que tuvo el radicalismo a lo largo de su historia, luchas hasta sangrientas en algunos casos, buena parte de los dirigentes radicales actuales optaron por no perder las elecciones (ni sus carguitos), pero a costa de perder sus ideales. Y si uno pierde los ideales, ya no le queda nada como ser humano.

En fin, por voluntad popular, tenemos un presidente que nunca tuvo que agarrar un diario para buscar trabajo o tomarse un micro todos los días para ir a laburar. Tenemos un presidente que fue un empresario exitoso en un ambiente donde nunca sintió la presión de ser echado por un patrón porque el jefe era su millonario papi. Un hombre que seguramente es un buen tipo, pero no tuvo la más mínima necesidad humana no cubierta y, por lo tanto, no tiene ni la menor idea lo que es el sufrimiento o tener una carencia.

¿Es malo ser millonario o tener un padre millonario? No, para nada. El tema no pasa por un anacrónico sentimiento antiburgués o algo personal hacia él sino una cuestión de sentido común. Su vida ha transcurrido en una burbuja o como dice mi amigo Ricky, que es una auténtica fuente de sabiduría popular, en una “nube de pedos”. Sus ojitos celestes no han visto la indigencia ni de cerca y por ello Macri, por más que quiera, no puede comprender o sensibilizarse con la pobreza, el dolor, la desesperanza, la frustración o las necesidades del pueblo.

Sinceramente, y lo siguiente va con el máximo respeto a la investidura presidencial y a su persona en sí, dudo que pueda concebir ciertos niveles de indigencia y carencias básicas de determinados estratos sociales. Por ello veo casi obvio que no podrá terminar con los problemas de fondo de la sociedad ya que no se puede solucionar lo que no se conoce. Ruego a Dios que se rodee de asesores con sensibilidad social para equilibrar la balanza.

Me ha dado cierta tristeza que ganara Mauricio Macri después de doce años de una política relativamente buena. No sé si fue, como dicen los militantes kirchneristas, la “década ganada”, la empatada o la perdida, lo que sí sé es que se había roto el maleficio de cambiar de signo político cada dos períodos (en donde el que gana destruye lo realizado por el anterior mandatario) y eso me daba la esperanza de que el velero del país fuera en un rumbo recto hacia un objetivo de bienestar común. Sentí que habíamos izado las velas para ir a un puerto seguro, pero no fue así. Los vientos favorables se convirtieron en una tormenta, parecida a esas con nombre de mujer que azotan nuestro continente todos los años. Ya antes de la elección (con las encuestas en la mano) había caído en la cuenta que estábamos a la deriva nuevamente.

la sociedad sin gps

Mi muy, pero muy personal percepción es que, en general, la sociedad argentina navega por los turbulentos mares de la política sin GPS o, mejor dicho, no tiene idea dónde quiere ir. De otra forma no comprendo porque el pueblo votó un cambio tan brusco empoderando a un candidato de ultraderecha que a todas luces se “izquierdizó” un poco en cada aparición televisiva para ganar el primer ballotage de la historia argentina. Es que una cosa es corregir el rumbo y otra cambiar de puerto. Si uno corrige el rumbo, ajusta las coordenadas, mantiene el timón y navega encarando para el mismo lugar. Por el contrario, si cambia el puerto de destino, girará el timón varios grados y llegará a otro lugar totalmente diferente. Mauricio Macri es un giro de 180 grados y eso equivale a empezar de cero un proyecto de país. Y no me hace gracia.

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Publicado el 12/02/2015 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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