La carrera (cuento)

Se cuenta que hace tiempo, en el Jardín del Edén, hubo una carrera entre todos los animales de la creación organizada perfectamente por el león. Muchos animales se habían preparado por años para intentar ganar la carrera. Cuando estaban todos preparados se hizo un gran silencio y el león procedió a leer las reglas.

– Bienvenidos a esta hermosa carrera. El reglamento es muy simple, deben llegar hasta la meta. El que lo haga se llevará el premio.

El león sin más se quedó callado. Los demás se miraban mutuamente esperando que diera más instrucciones, pero eso no ocurrió. Suponían que el reglamento tendría muchos puntos. No obstante la regla era simple.

El soberbio guepardo se relamió sus dientes sabiendo que era el animal de mayor velocidad. Los tigres sabían que el guepardo era más rápido, pero tenían confianza en que harían un gran papel. En realidad no era tanta confianza sino que, como eran dos, pensaban engañar al veloz guepardo.
El buitre sabía que podía volar por entre los árboles y sortear todos los obstáculos de la superficie de la tierra así que aleteó sus alas contento. También corría un pequeño caracol que achicó un poco sus antenitas como preocupado, sin embargo, al instante se le fue esa sensación. Además desoyó las burlas porque no tenía grandes piernas para correr rápido, no tenía alas para volar velozmente y además tenía ese molesto caparazón en su espalda.

Había dos senderos para llegar a la meta. Uno era un camino no muy ancho construido en una montaña, con un gran precipicio de un lado. Se veía sumamente difícil circular por allí. Había que sortear una cadena de montañas y no había mucho alimento para recolectar y comer en el trayecto.
Otro camino surcaba un valle fértil, lleno de árboles frutales de gran tamaño y cursos de cristalina agua. La mayor parte de los animales, al decir por lo que hablaban, parecían elegir este camino. Claro, se veía más fácil.
Un grupo de diferentes especies, al ver los contrincantes que tenían, no se animaron a participar y se dieron por vencidos antes de comenzar. De la vergüenza me pidieron que no los nombre.

Llegó la hora de la gran carrera. El león dio la orden de largada con voz ensordecedora y salieron todos corriendo como locos hacia el valle. El león miró la polvareda levantada por los entusiastas corredores, sin embargo al esfumarse el polvo, vio en el suelo al caracolito que no había largado. El león lo observó curioso y se dio cuenta que los pequeños ojos del caracol estaban cerrados. Al ratito los abrió y salió lentamente hacia las montañas. Al ir acercándose al pie de la misma, tomó conciencia que era muy alta, pero tenía confianza en lo que sintió al cerrar los ojos y creyó que podría ir por allí.
A todo esto la carrera también seguía en el valle. Los tigres habían largado la carrera antes, mientras los demás debatían cuál era el mejor camino. Eso lo habían ideado así porque tenían el plan de prepararle una emboscada al guepardo.

La historia cuenta que el guepardo al ratito nomás se cansó de correr tan velozmente y al acostarse a descansar en un frondoso árbol, desde arriba se le lanzaron los dos tigres que habían largado antes la carrera. Entraron en lucha y, movidos por la envidia, mataron al guepardo. Los dos tigres habían quedado heridos, uno más lastimado que otro. El malherido tigre le pidió a su, hasta ahora amigo, que fuera a buscar unas hierbas para curar sus heridas. El amigo asintió, sin embargo después de perderlo de vista, disimuladamente dejó abandonado a su amigo.

El buitre volaba tranquilo, aprovechando los vientos, pero el clima cambió y comenzaron a caer grandes piedras de granizo. Una de ellas dio en un ala y esto hizo que el buitre se estrellara contra el suelo. El tigre que quedaba, se había escondido debajo de un árbol, por lo que no lo golpeó ninguna piedra. Este animal, que había abandonado a su amigo, vio como caía del cielo el ave. Fue hasta el lugar y vio al buitre agonizando malherido por el granizo. Él tigre tenía hambre y al observar al buitre indefenso, no sólo no lo ayudó sino que se lo comió sin piedad.
A todo esto, el pequeño caracol seguía lento pero firme su camino por las angostas huellas de la montaña. El también sintió caer el granizo, pero se refugió en una saliente de piedra y así quedó protegido del granizo. No obstante, el granizo fue tanto pero tanto, que al derretirse, el agua inundó el valle. El nivel de agua subió sobremanera, inundando paulatinamente la montaña. El agua llegó hasta donde estaba el caracolito, quien sin prisa cerró los ojos de nuevo para saber qué hacer. Los abrió, y de un ágil salto se dio media vuelta y usó el caparazón a modo de barquito y, de esa manera, logró sobrevivir la gran inundación.
El tigre herido que había quedado vivo en el valle y se había comido al buitre también pereció ahogado ya que no encontró lugar alto para escapar.

El agua después de muchos días se evaporó por el calor y el agua volvió a su nivel normal, es decir a circular sólo por los ríos cercanos al jardín del Edén. El caracolito recaló en otra montaña, que luego fue conocida como “monte Ararat”.
Allí se volvió a encontrar con el león, quien pronunció estas palabras.

– Te felicito caracol, llegaste a la meta.
– ¿Cuál meta, si ni sé dónde estoy?
– Lo que había que lograr era lo que tú lograste. El sobrevivir sin lastimar a sus semejantes.

El caracolito sorprendido no entendía demasiado. El león se percató de esto y le explicó.

El guepardo y su soberbia alimentaron la envidia de los tigres quienes lo atacaron y murió. El egoísmo hizo que un tigre abandonara al otro traicionando su confianza. El buitre que engreídamente creía que estaba por sobre todos fue bajado al nivel de los demás y ya en el suelo, él, que vivía de animales heridos, fue comido de forma similar como lo hacía él.

El caracolito seguía expectante la explicación.

-Cuando tuviste problemas con la inundación, cerraste los ojos y pediste dirección. De esa forma lograste superar todos los problemas que te pusimos.
-Y tú, -le dijo el león al caracol- antes de empezar la carrera oraste a Dios, pero no para ganarle a los demás. Lo hiciste para simplemente recibir ayuda. Mientras los demás se perjudicaban mutuamente, tú sólo querías hacer lo que Dios te dijera para llegar a la meta.

Allí comenzó a entender algo más el caracolito, pero no del todo y levantó más sus antenitas.

– Te tengo noticias. –Dijo el león sonriente.
-La meta era vivir sin dañar a tus semejantes. No era llegar a algún lugar, yo nunca dije eso.
-¿Entonces para dónde corrían el guepardo, los tigres y el buitre? –preguntó el caracol.
-Vaya a saber, se lanzaron a correr sin saber cuál era la meta. -Respondió el león. Y prosiguió su explicación.

– Todos los corredores tuvieron los mismos inconvenientes. El granizo y la inundación fue igual para todos, la clave estaba en sobrevivir sin dañar al prójimo. Y para ello era vital la elección del buen camino. El sendero del valle parecía el mejor y fue el primero que se inundó.

Mientras termina de decir eso, el león saca una pequeña pero hermosa corona dorada y se la coloca en la cabecita al caracol.

– Toma, este es tu premio. Estoy orgulloso de ti.–Sentenció el león con rostro feliz.

Dicho esto, el león dio media vuelta y se dispuso a irse. En eso se escuchó la tenue voz del caracolito que le habló.

– Discúlpeme señor león, pero por timidez nunca pregunté su nombre.

El león dio media vuelta, miró al pequeño caracol con ojos de amoroso padre y le dijo:

– Los que me aman me llaman “León de Judá”.

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Publicado el 01/09/2016 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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