La reunión (cuento)

Hubo una vez una reunión de piedras. No recuerdo el lugar ni tampoco la época, pero me acuerdo de aquella reunión histórica. Vinieron de todas partes del mundo para tan magno evento.
Desde lejos llegó la Amatista paseando su cuarzo violeta orgullosa. Desde Italia llegó el Ágata con su hermoso color azul. Viajando mucho desde Grecia hizo su aparición un trozo de mármol muy antiguo que había sido parte del templo de Artemisa. A lo último y casi tarde llegó la Rodocrosita desde Argentina. Venía con un caminar lento y engreído mostrando su color rosado.
Todas estas piedras estaban charlando tan animadamente que no se dieron cuenta que había otro grupo separado de ellas. No cayeron en la cuenta que habían más piedras allí por oírlas hablar sino que vieron su resplandor. Era el grupo de las piedras preciosas. Eran las que más brillaban y miraban de reojo a las demás rocas que no brillaban ni la mitad.

– Que vulgares esas piedritas. No brillan como yo. Me merezco un orfebre digno de mi belleza! –habló engreídamente el diamante.
– Yo pido lo mismo, sólo así me sentiré feliz. –aseguró el rubí.

Apartada de los dos grupos, casi dejada de lado por sus pares, había una piedra áspera, de color blancuzco, de extrema dureza y muy fea. Casi que era el hazmerreír del resto por su gran tamaño.

Cuenta la historia que al tiempo, la piedra de Mármol fue desechada por un artista porque era muy pequeña para realizar una escultura. Además no quería usar un trozo de piedra que era de un templo pagano.
La Amatista terminó en un museo geológico atrapada en un vitral y las demás fueron usadas como material para joyas de poco valor. Ellas, las piedras semipreciosas, no se sentían bien porque fueron colocadas en bijouterie de mala calidad y se quejaron ante Dios.
Las orgullosas piedras preciosas estaban seguras de que serían usadas y de hecho sí fueron utilizadas en joyas de gran hechura y nivel y, por eso mismo, quedaron guardadas en un cajón protegidas por sus acaudalados dueños. Quedaron atrapadas en oscuras cajas fuertes donde la ausencia de luz no permitía que irradiaran su hermosura. El no poder mostrarse y presumir de su belleza fue su castigo.
Tan sola como antes quedó la piedra común, fea y opaca. A pesar de todos sus defectos ella confiaba en Dios.

– Señor, gracias por crearme. Te agradezco todo, incluso las burlas de los demás. Sé que cuando sea la hora tú me bendecirás de alguna forma. –así oró la áspera piedra.

A esa grande y tosca roca eligió Dios por su humildad. Él hizo que la comprara un tal José de Arimatea que a su vez contrató a un hombre para tornearla hasta dejarla redonda y le dieron como misión tapar la entrada a la tumba del Señor Jesús.
Ella fue testigo de la muerte de Jesús y de cómo lo dejaron ensangrentado en su lecho, hasta vio a la dos Marías llorar sin poder consolarlas.
Más tarde sintió las manos de los ángeles empujándola para un costado y vio el rostro del Cristo resucitado, y ése privilegio lo tuvo por su humildad.

Nunca creamos que no somos buenos para algo. Tampoco creamos que somos “feos” o que el resto es mejor que uno. Sencillamente tenemos que saber cuál es la misión que Dios nos tiene preparada y aguardar con paciencia.

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Publicado el 01/09/2016 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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