Los condes de Lampedusa

Cuando llegué a El Salvador, en setiembre de 2009, recuerdo que fui a buscar a “mi, por ese entonces, novia a la Universidad Gavidia. Caminé por los alrededores del “Salvador del mundo” y me tomé una foto en el edificio de Dell, un inmueble todo de vidrio azul bien bonito. A los días, el letrero de Dell ya no estaba más, la multinacional se había marchado del país. Más tarde me enteré, o al menos eso me dijeron, que era porque la izquierda había ganado las elecciones. El “partido de los guerrilleros”, me decían a modo de explicación simple. Con el tiempo me fueron hablando de la guerra, de los 20 años de ARENA, de la polarización entre izquierda y derecha. En fin, me explicaron todo lo básico de la política salvadoreña. Se respiraba un aire de renovación, esperanza y cambio. Daba la impresión que había caído el muro de Berlín o, al menos, algún muro invisible que no permitía crecer al país. Ahora se suponía que gobernaban los que defendían al pueblo de la oligarquía y sonaba bien.

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No obstante resulta que el país no cambió, los problemas seguían ahí y se agravaban, mientras los rostros de los políticos conservadores, no en ideología sino con sus propios cargos, se separaban de ARENA y formaban otro partido. En el proceso despotricaban contra su ex bandera política como si no hubiesen tenido nada que ver. El “muro” había caído y los ladrillos se desparramaban para todos lados. Lo que no se dieron cuenta es que de los escombros no se puede construir nada, si un bloque se rompió, lo puedes repellar, lo puedes pintar, pero debajo está quebrado. Tarde o temprano lo construido se cae porque se cimentó mal.

El problema del país, a mi humilde entender de extranjero, es que existen muchos “condes de Lampedusa”. Para el que no lo conozca, Giuseppe Tomasi di Lampedusa era un escritor italiano nacido en Palermo, 23 de diciembre de 1896. Es autor de una única novela muy famosa llamada “El gatopardo”. Para hacer corta la historia, él acuñó la tristemente célebre frase:

“Cambiar todo para que nada cambie”.

Eso es lo que ha pasado a mi entender en El Salvador, se cambia para que nada cambie. Por ejemplo, los funcionarios que se van a otro partido, no van a nacer de nuevo porque se cambien de color ni pueden borrar su pasado, mas igual lo hacen. Como que mutan. Son como los X-men de la política. Estaban pintados tricolor, luego naranja y algunos naranja oscuro, que es el rojo del FMLN. Primero están en un partido, luego en otro y en otro. Se cambian de bandera política como de calzón. De última que se pasen a otro partido de similar ideología, pero a veces ni eso. He visto funcionarios que dan un salto mortal en el aire y se cambian a otro partido con ideas totalmente opuestas a las que defendieron antes. A otros tantos los he visto en campaña permanente, pero no por el pueblo sino por sus propios intereses. Usted que vive allí desde mucho antes que yo seguramente debe conocer muchos casos más.
Todo eso produce mala calidad institucional, pésima administración y un clima social enrarecido por la sencilla razón que cada uno tira para su lado.
El resultado es una realidad sociocultural muy triste y con una calidad de vida muy menguada. Y eso por ahí se soportaría si la economía anduviese bien, pero no existe posibilidad que con esos problemas estructurales las cosas funcionen entonces el dinero termina faltando. Y ni siquiera se pueden emitir colones porque algunos hasta dejaron al país sin su propia moneda. Para mí fue un error garrafal de ARENA, mas hoy si no se vuelve al Colón es un error del FMLN que va por su segundo período presidencial sin cambiar ese tema que otrora pregonaba el fallecido Shafik en campaña. Ya me voy a encargar de esto en otro momento.
El triste presente de la historia salvadoreña es la frase del Conde de Lampedusa: “cambiar para que nada cambie”. Y como me han hablado no sólo de la guerra sino del periodo conocido como “20 años de ARENA” y los dos periodos del FMLN, deseo opinar al respecto con el máximo respeto y desde mi condición de extranjero que ama El Salvador.
No sé si ustedes lo vean igual que yo, pero las cosas han cambiado para que nada cambie y, aunque la realidad salvadoreña no es tan básica, voy a tocar un único punto para explicarlo. Durante la guerra, entre 1979 y 1992 hubo una cantidad aproximada de 75.000 muertos en 13 años. Cada año tiene 365 días, así que si multiplicamos los 365 días de un año por los 13 años de guerra da como resultado que la guerra duró aproximadamente 4745 días. Ahora bien, esto da un promedio de 15,80 homicidios (asesinatos, crímenes de lesa humanidad o como guste llamarlo) por día durante la guerra.
Algunos afirman que el conflicto armado comenzó oficialmente en 1980, otros que en 1970 con la fundación de Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí y el proceso posterior hasta la guerra civil. No he querido contabilizar los muertos desde el 70 porque ahí el promedio da de 9, muchos menos que en la actualidad y es inexacto.

Se calcule como se calcule, hoy, 23 años después, la cantidad de muertos no se aleja mucho. Varía de 12 a 13 por día y siendo buenitos con los números porque en ralidad son más. Con la diferencia que no estamos en guerra. ¿Se entiende? Es altísimo el nivel de violencia que hay en las calles, casi el mismo número de asesinatos que durante el conflicto bélico. Tenemos casi tantos muertos como en la guerra, hay toques de queda como en la guerra y buena parte de la población está armada, como en la guerra…
Es verdad que antes había menos población y ahora al haber más población, ese número no es tan malo, pero sí lo es porque son muertes humanas evitables. Recuerden que no estamos en guerra civil aunque lo parezca.

Siempre oigo del “cambio” y eso, sumado a la supuesta virtud de la juventud de los candidatos, son slogans de batalla de todos los partidos. Quiero detenerme acá ya que me causa gracia porque la juventud o adultez no es garantía de nada en política. El talento para solucionar problemas, la capacidad para negociar o para administrar pasa por otro lado, ni siquiera es una cuestión de estudios académicos que tenga el candidato. Basta con estudiar los casos de presidentes que han fracasado en Latinoamérica y han estudiado hasta en Harvard y otros que han hecho cambios sustanciales en sus países como Lula en Brasil y es un simple obrero. Por ello votar por un joven en detrimento de un mayor es “cambiar para que nada cambie”. El parámetro de votación tiene que ser algo de más peso que la edad o sus estudios académicos.
El tema está en que el término “cambio” por sí solo no dice nada. Es la transición de un estado a otro. Es la modificación del rumbo. Íbamos para un lado, ahora para otro. Usamos colones, ahora dólar. Gobernó la derecha, ahora la izquierda. ¿Y? Eso no cambia nada por sí solo.
El cambio puede ser bueno o malo. No por cambiar las cosas van a mejorar, pueden empeorar. O para decirlo más claro en una frase que no es mía, pero aporta: “un paso para adelante puede ser un avance o un salto al vacío”.
Volviendo a la violencia, ser el país más violento del mundo según la revista Insigth Crime no es precisamente el cambio que 24 años después de la guerra civil uno espera. Que el ejecutivo negocie con los que matan y roban al pueblo no es la idea de cambio que uno tiene.
En conclusión el “cambio”, como en la mayoría de los órdenes de la vida, tiene que ser en el corazón de las personas. Si no se modifica el corazón del ser humano van a seguir robando, matando y teniendo conductas negativas. Mi humilde consejo es este: esforcémonos por cambiar lo único que tenemos a mano, a nosotros mismos y después veamos qué podemos hacer con todo lo otro.

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Publicado el 06/07/2016 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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