Mi “quintita”

En Argentina tenemos una tristemente célebre frase que nos pinta de cuerpo entero. La susodicha es: “yo, argentino”. Normalmente esta curiosa oración se pronuncia levantando las manos más o menos como se ensaya cuando un ladrón intenta robarte en los asaltos. Se usa cuando uno no quiere meterse en problemas. Si existe algún inconveniente, el argentino promedio pronuncia esta palabra como avisando que no te va a ayudar ni solucionar tu problema ya que no desea involucrarse. Es una cuestión de evitar el riesgo y de ahorrarse problemas.

yo argentino dany pachecoYo, argentino.

Visto y considerando la forma de vida argentina en relación a su potencial, es más que obvio que esta costumbre, más que una virtud, es un defecto nacional.

Para avanzar hay que arriesgarse a hacer las cosas bien, colaborar para que el otro también las haga  correctamente y denunciar o hacerle notar el error al que no lo haga.

“Hacer las cosas bien” significa pagar impuestos como se debe (no conozco a nadie que no intente evadir alguno), no robar ni permitirlo, ser solidarios, no tratar de sacar ventaja, defender nuestras raíces, etc.

Si uno entra en el plan de no comprometerse en nada está siendo poco solidario con el prójimo. Y el prójimo no es otra cosa que la patria. Sin nuestros compatriotas la Nación sería un terreno, sólo una división política en un mapa. O ni eso.

La patria es algo abstracto, pero está compuesta de personas. Si uno no se preocupa por estar bien y por ir avanzando día a día está perdido. Si a eso le sumamos que no ayudamos al prójimo a realizar sus sueños ni luchamos contra los que desean impedirnos soñar, la cosa se multiplica exponencialmente. Y para mal. Obviamente puede que uno se comprometa con algunas cosas, pero si no se responsabiliza por todas las que se debe hacer cargo, el defecto sigue estando. Eso es, a mi humilde juicio y explicado en pocos renglones, lo que le ha pasado a Argentina en estos poco más de doscientos años de vida.

Como tenemos imaginación para pensar frases que expliquen nuestro letargo en virtudes y ética, a algún anónimo se le ocurrió otra pintoresca frase que se puede enlazar con la primera: “yo cuido mi quintita”. Esto hace alusión que la persona que la pronuncia sólo se preocupa de sus propios intereses, su patrimonio. Una “quinta” es una finca o una propiedad similar, de ahí viene la frase. Implica cuidar lo propio sin que importe nada más.

Cuando uno se pone en ese plan, la “quintita” no es una lujosa estancia como las que hay en la Pampa de nuestra Argentina o una finca de cientos de hectáreas sino que tenemos sólo un metro cuadrado mental. Y en ese metro cuadrado nos movemos, o nos estancamos mejor dicho. Alguien nos pide una mano y no, no lo ayudamos porque, al extender nuestro brazo, nos damos cuenta que se sale del metro cuadrado mental. Queremos dar un paso hacia adelante y no, no nos arriesgamos porque nos saldríamos de nuestro metro cuadrado mental, de nuestra “quintita”. Nos decimos con algo de culpa “la verdad que estuve mal, retrocederé en mis acciones”, pero no, porque dar un responsable paso hacia atrás significa reconocer el error y eso nos haría salir de nuestra “quintita”. Es así que ahí nos quedamos, inmóviles, casi carentes de sentimientos que nos permitan arriesgarnos por un fin más altruista que nuestra mísera seguridad personal. Y así, de a poco y casi sin darnos cuenta, nuestra comodidad termina siendo nuestra cárcel. Podemos estar tranquilos allí o sentirnos en cautiverio. Da igual cómo nos sintamos, el metro cuadrado mental sigue siendo una prisión psicológica que encadena nuestra ética y moral. Eso produjo que las llamadas “buenas costumbres” pasaran a ser “malas costumbres” que han marcado a fuego toda la historia de nuestro país.

En conclusión, las personas, como en todos los órdenes de la vida, evolucionan cuando salen de su zona de confort, de su “quintita”.

Si seguimos con la misma onda de las frases, existe una del italiano Antonio Gramsci que no me cae del todo bien, pero para el caso encaja:

“Avanzar con el pesimismo de la inteligencia, y el optimismo de la voluntad.”

 

Si fuésemos inteligentes y tuviésemos un mínimo y consciente pesimismo sobre nuestro futuro y el que le dejamos a nuestros hijos, nos daríamos cuenta que es más simple lograr los objetivos trabajando en equipo que cada uno por nuestra cuenta. Y si a eso le agregamos “el optimismo de la voluntad” laburando en equipo seríamos imparables. Por el momento nos paramos nosotros mismos, quedando casi solos ante la vida, frenados por nuestra propia impericia ya que creemos que somos súper poderosos y podemos lograr las cosas individualmente. La fama de altaneros que tenemos no es gratis. Sólo en un país como este se explica que se diga que “Dios es argentino”.

Debemos procurar trabajar en equipo, sin embargo, para que eso se pueda lograr tiene que haber confianza en el prójimo, creer casi ciegamente que el otro hará su parte. Si vemos al prójimo como un vago, un corrupto, nuestro rival o alguien que sólo cuida su “quintita” estamos perdidos porque nosotros también vamos a tender a cuidar lo nuestro.

Ojalá algún día maduremos como sociedad y las cosas positivas nos empiecen a pasar. De lo contrario siempre vamos a tener una calidad de vida mediocre como la que padecemos en nuestro país desde que tengo uso de razón.

Hay que animarse a trabajar por un ideal de bienestar, que por ahí no vamos a ver, pero sí lo podrán disfrutar nuestros hijos. Ruego a Dios que tengamos la sabiduría de hacer nuestra parte para que nuestra descendencia no padezca lo que nosotros estamos padeciendo. Es una cuestión de amor.

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Publicado el 06/20/2016 en Sin categoría. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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